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Noticias

Los ritos secretos de la invención literaria
Fecha de publicación 2014-11-02  

a mesa de madera al lado de una ventana. Un escritorio desbordado de pilas de libros, y en el centro, un monitor. Cómo la luz rebota en el papel blanco de un cuaderno nuevo. Estas son apenas algunas de las formas posibles que convocan a la dinámica para adentro que es la escritura. Y existen tantas maneras de trabajo, como voces que narran. ¿Cómo escribe un escritor, qué necesita? ¿Lo hace desde un silencio armado o en la mesa de un bar bullicioso? El espacio, ¿condiciona?

No hay una respuesta que dé lugar a saber desde dónde se arma una historia frente a eso que en un principio tiene estigma de fantasma: la hoja en blanco. La Francia de París era una fiesta, de Ernest Hemingway, vio nacer libros en buhardillas, bares, bancos de plazas. En Escribir, Marguerite Duras habla del espacio donde produjo buena parte de su obra: "La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir". El escritor y el misterio de cómo sucede lo que baja en forma de historia gira en torno de la imagen del escritor ensimismado con sus papeles, entre herramientas de trabajo, cuadernos de notas.

 

 
 

 

Leopoldo Brizuela, Iosi Havilio, Ángela Pradelli y Guillermo Saccomanno aportan sus experiencias sobre esa íntima relación del autor con su escritura. Para Saccomanno, el espacio es interior "y cada uno lo construye a su manera. He escrito en bares, redacciones de publicidad, en la playa. No creo en eso de un espacio privilegiado. La escritura responde a una urgencia". Vivió 28 años en Villa Gesell, con la insistencia del sonido del mar como fondo. "Mantengo una disciplina de trabajo. Soy insomne -dice Saccomanno-, tengo problema con el sueño. Me levanto a las cinco de la mañana. Con un vaso de agua me siento a escribir y le doy hasta las diez, que son cinco horas de escritura. Después, a la tarde, tengo la posibilidad de volver sobre el texto". Se necesita soledad. Estar con uno mismo. Se trata de eso que pasa en algún lugar donde el autor está mientras se arma un tono, el decir de un personaje o se le muestra al lector cómo llueve en un párrafo. Leopoldo Brizuela reconoce tener una serie de ritos. Cosas que está habituado a hacer, como preparar mate, cargar su pluma. Sobre su forma de trabajar, dice: "Escribo con pluma Mont Blanc y tinta negra, es mi único lujo. Poco a poco voy desprendiéndome de la realidad y entrando en esa veta de la mente que ha creado ya, poco tiempo antes, lo que ahora me limitaré a escribir, eso que ahora me dicta". Lo que reconoce como imprescindible es desconectar el teléfono, internet. "Es sumamente improbable -asegura Brizuela- que alguien llame a la hora que escribo novelas (entre las seis y media y nueve de la mañana) pero la sola posibilidad rompería la autohipnosis."

Iosi Havilio escribía durante la noche y de madrugada, hasta que fue padre y se pasó a las horas del día. "Por la mañana, después del almuerzo, al final de la tarde, según. A contramarcha del trabajo que da de comer, sábados y domingos suelen ser jornadas de tiempo completo", dice Havilio. También cruzada por una demanda que no era la de los personajes, Ángela Pradelli empezó a escribir un poco antes del nacimiento de sus hijos. "Pero los primeros ejercicios de escritura -dice Pradelli- tienen que ver con la época de crianza de dos bebés y esa circunstancia barrió con los hábitos. Había que escribir mientras ellos dormían, o estaban entretenidos, o alguien los llevaba a dar una vuelta." Y aprender a maximizar el tiempo y los espacios, la llevó a capitalizar esa experiencia. "Lo bueno -afirma la escritora- es que la escritura se vuelve una experiencia muy plástica y eso es para siempre".

El ensayo Un cuarto propio de Virginia Woolf pone el eje en la importancia de un lugar que sea sólo para escribir. Y está Kafka, con sus horas como empleado estatal. En Lo inalcanzable, Luis Gruss describe una revelación del autor de La metamorfosis. Kafka está sentado y mira por una ventana de su casa hacia la plaza Ciudad Vieja, en Praga. "Desde ahí señaló su antigua escuela de bachillerato, la universidad donde estudió Derecho y el edificio donde estaba su oficina. De pronto, dibujó en el aire, con el dedo, un círculo no demasiado amplio. Y a continuación le dijo a su acompañante: este pequeño aro abarca toda mi vida"


Publicado por: La Nación - Marcela Ayora
Categoría: Literatura
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