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¿PROFETIZÓ CASTELLANI A FRANCISCO?
Fecha de publicación 2013-09-14  

AUTOR DE LA NOVELA JUAN XXIII
¿Profetizó Castellani a Francisco?
CARMELO LÓPEZ-ARIAS

Un Papa argentino y jesuita que va en metro exalta a los pobres, censura el fariseísmo, reforma la Curia, crea un selecto grupo de cardenales… ¿y no es Bergoglio?

¿Está inspirando el escritor jesuita Leonardo Castellani (1899-1981) las líneas directrices del pontificado de Francisco? La hipótesis no es descabellada. Basta leer su novela Juan XXIII (XXIV), publicada en 1964. Las semejanzas entre el protagonista, Ducadelia, y el Papa Jorge Mario Bergoglio resultan desconcertantes.

  • ¿Supieron uno del otro? Bergoglio ya era jesuita cuando en 1966 a Castellani se le restituyó el ejercicio del sacerdocio, una noticia que no pasó desapercibida para nadie en la Iglesia argentina, y menos aún en la Compañía de Jesús, de la que había sido expulsado en 1949. En 1971 le ofrecieron el reingreso en la orden, que rechazó por razones de salud, y en 1973 el padre Bergoglio, quien había sido ordenado en 1969, se convierte en el provincial de los jesuitas en Argentina, cargo que desempeñará hasta 1979.

    Luego, sí: supieron el uno del otro. Es más: Castellani no fue en sentido estricto peronista, pero sí uno de los autores de referencia del nacionalismo católico argentino… y Bergoglio se formó y colaboró, en su juventud y como sacerdote, con la derecha peronista, que bebe de la tradición intelectual del nacionalismo católico argentino aunque incorpore elementos ajenos a ella.
    “Me consta que leyó algunas de sus obras, como Su Majestad Dulcinea y San Agustín y nosotros”, nos explica Carlos Biestro, sacerdote que desde hace años coordina la edición de la obra castellaniana.

    Y si bien Bergoglio no promovió la edición de sus libros, el padre Biestro apunta un dato: “Sé que el actual Papa quiso que Castellani volviera a la Compañía. Sabía que era un gran escritor, y que antes o después fracasaría la conspiración del silencio de la que la Iglesia argentina le había hecho objeto, y convendría mostrar a un Castellani reconciliado con la orden ignaciana”.
    Es difícil saber si esa admiración se tradujo en simpatía por sus ideas. Pero hay elementos de su pensamiento que saben a Castellani. El padre Biestro nos recuerda, por ejemplo, dos ideas muy de Francisco: el olor a oveja y las periferias.

    En la misa crismal, el Papa pidió a los sacerdotes: "Sed pastores con olor a oveja". Y en El Evangelio de Jesucristo, Castellani explica que Cristo dijo que los malos pastores “son como lobos disfrazados de ovejas; aludiendo a la costumbre de los pastores palestinos de ponerse una chaqueta de piel de oveja para hacerse seguir por el olor. Él se puso la zamarra de nuestra carne para que lo siguiéramos; pero en Él no era disfraz, era realidad”.

    En la misa de Pentecostés, Francisco alertó del peligro de una "Iglesia autorreferencial" e insistió en que hay que ir "a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo". El padre Biestro se pregunta si no hay ahí “un eco” de este pasaje de Castellani por Castellani: “El creer que el claustro, la clase o el clan a que pertenezco es un mundo completo, agota la creación y en él se halla todo cuanto un hombre puede necesitar es una de las vanidades más ridículas y siniestras. Según la palabra de Cristo, la misma Iglesia Católica es una cosa abierta y fuera de sus recintos se encuentran almas que le pertenecen sin saberlo”.

    Donde las semejanzas rozan lo profético es en Juan XXIII (XXIV), que Juan Manuel de Prada, introductor en España de la obra de Castellani, considera “una de las obras más peregrinas de Castellani y una de las más características de su personalísima concepción de la literatura, del mundo y de la Iglesia”.

    ¿Cuál es el argumento? Ducadelia, que así se llama el protagonista (trasunto del propio Castellani), es llevado como perito al Concilio Vaticano II por el arzobispo de Buenos Aires. Sus intervenciones en el aula conciliar, unidas a la trama de convulsión mundial que se pone en marcha tras el triunfo del comunismo en diversas áreas del planeta y al fallecimiento de Juan XXIII, le convierten inesperadamente en Papa.

    "Juan XXIII (XXIV), como toda la obra de Castellani, debe ser interpretada en clave escatológica”, concluye Prada: “La Iglesia que aquí comparece es una Iglesia que se aproxima a los últimos tiempos: las guerras y rumores de guerra son su trasfondo constante; el Papa ha sido desalojado del Vaticano y se ha refugiado en San Juan de Letrán, el asedio masónico a la Iglesia (y hasta su infiltración en la propia Iglesia) es constante”.

    Ducadelia se convierte en un audaz Papa reformista. Viaja en metro, como hacía Bergoglio, para no perder el contacto con la gente (razón por la cual Francisco vive en la Casa Santa Marta). Quiere desburocratizar la Iglesia, como sugirió el cardenal Bergoglio en los consistorios previos al cónclave. Y para reducir la Curia se apoya exclusivamente en doce cardenales: ocho ha nombrado Francisco para dirigir la reforma.

    También choca que el fariseísmo y la hipocresía, temas poco habituales en el magisterio pontificio, sean constantes en el de Francisco, que los definió el 4 de junio como "el lenguaje de la corrupción". Pues bien, ése es uno de los asuntos centrales de toda la obra de Castellani, quien creyó ser víctima del fariseísmo en su largo calvario de sanción canónica. Sus mejores ensayos y cartas sobre el tema se publicaron bajo el título Cristo y los fariseos. Y en Juan XXIII (XXIV) no faltan las alusiones. "¡Perezco víctima del fariseísmo en la Iglesia!", protesta en el lecho de muerte el arzobispo de Buenos Aires. "El fariseísmo es la enfermedad específica de la religión verdadera", proclama otro personaje.
    Prada interpreta así estos vientos reformistas: “El carácter del personaje protagonista de Castellani y el de Francisco tienen algunos rasgos comunes muy llamativos (más áspero y atrabiliario el personaje de Castellani, desde luego, pero poco amigos de remilgos y poco respetuosos de los respetos humanos ambos). Y Juan XXIII (XXIV) propone, desde la ortodoxia más absoluta, un plan de gobierno de la Iglesia radicalmente subyugador, algunos de cuyos aspectos me atrevería a afirmar que podría suscribir Francisco”.

    Ducadelia quiere una "Iglesia de los pobres". Les reparte doce millones al ser elegido y afirma que “el tesoro de la Iglesia son los pobres”. Tampoco vive en los apartamentos vaticanos, sino que manda construir un edificio en el Laterano y lo habita: un lugar colectivo, como Santa Marta.
    Más curiosidades: aunque Castellani no simpatizaba con el mundo judío, el Papa que finge ser en esta novela, sí. Como Francisco (cuyas excelentes relaciones con la comunidad judía argentina son conocidas), Ducadelia es un amigo de Israel, recibe donaciones de rabinos y es recibido por masas enfervorizadas durante su visita a Jerusalén.

    ¿Recordamos la primera homilía de Francisco? "Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y cuando confesamos a un Cristo sin Cruz, no somos discípulos del Señor, somos mundanos". Cotejemos ahora con Ducadelia: "Hoy día no hay que volver a la religión fácil, no hay que mezclar leche y miel al vinagre de la Pasión, eso apesta".

    Más. Francisco quiere reformar una “Curia burocratizada” y ha creado una comisión de ocho cardenales para ello. Ducadelia nombra una de doce como su Consejo personal.
    Los principios de reforma planteados en Juan XXIII (XXIV) parten de la "descentralización del gobierno eclesiástico delegando gran parte de su potestad suprema" en 52 Patriarcas designados por el Papa. ¿Tiene esto algo que ver con la insistencia de Francisco en autodenominarse "obispo de Roma"?

    Ahora bien, ¿es lo mismo reducir la burocracia o delegar la autoridad, que no ejercerla? El vaticanista Sandro Magister ha señalado que Francisco no pretende democratizar la Iglesia: "Ha querido ser él mismo quien eligiera a sus ocho consejeros, llamados a responder sólo ante él”. Y apuntaba la similitud entre la forma de gobernar del Francisco Papa y la del Bergoglio jesuita: "Ha sido superior provincial y ha asimilado el estilo. En el vértice de la Compañía los asistentes que rodean al general, y que son nombrados por éste, representan a las respectivas zonas geográficas. Las decisiones no se toman colegiadamente; decide sólo el general, con poderes directos e inmediatos. Los asistentes no deben ponerse de acuerdo entre ellos y con el general, sino que le aconsejan uno por uno, con la máxima libertad".

    Simili modo, aunque Ducadelia presume de delegar (“cuanto menos me meta yo en la marcha de la Iglesia, ¿no es mejor?”), en realidad “se metía mucho más efectivamente que los Papas anteriores; las últimas determinaciones eran suyas, y a veces venían como un rayo. El Papa recorría con frecuencia los diversos burós sin inmiscuirse mucho en las decisiones; le gustaba más corregir y formar a sus colaboradores, y después darles responsabilidad. La instancia última en caso de error protestado estaba reservada a él, por supuesto".

    No hay razón suficiente, según los diversos expertos consultados, para considerar a Francisco un castellaniano. Sin embargo, con Ducadelia hay algo más que una curiosa coincidencia literaria. Probablemente explique sus similitudes la pertenencia de ambos a una misma tradición sociocultural, con factores determinantes tan fuertes como la patria común, la filiación ignaciana y la singular referencia político-eclesiástica argentina del siglo XX. 

 


Publicado por: LA GACETA (ESPAÑA) - Carmelo López Arias
Categoría: Religión
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